
Bajo la dirección de expertos de Estados Unidos y de Alemania, los científicos han secuenciado nueve genomas antiguos: el ADN extraído de un esqueleto de una campesina de hace unos 7.000 años (encontrado en Alemania) y de restos de hace unos 8.000 (cazadores recolectores de Luxemburgo y de Suecia). Además, han utilizado otros datos de genomas antiguos (incluida una muestra de Asturias), y han analizado y comparado toda esta información con los genomas de 2.345 personas actuales de 203 poblaciones de todo el continente. La presencia de genes de las gentes de Eurasia septentrional permite, además de desvelar la procedencia ancestral de los europeos, conectarlos con los nativos americanos, conexión inexistente atendiendo solo a los genomas de los cazadores recolectores y de los primeros agricultores.
El análisis de los genomas antiguos aporta datos acerca, por ejemplo, del color del pelo o los ojos de aquellas personas. Los individuos de Luxemburgo y de España tenían la piel de color “más bien oscuro, con ojos probablemente azules, y pertenecían a grupos de cazadores recolectores”, señala Salas. Y añade otro dato; “Hoy sabemos que ninguno de estos humanos antiguos tenía la capacidad de digerir la lactosa de la leche, capacidad que emerge en oriente Medio después de la domesticación de la vaca y, posteriormente, aparece en Europa”.
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